No es de pronto esto que digo sino el momento de decirse. Es como un río subterráneo que aparece en forma de charco, agua clarísima y en el fondo algunas piedrecillas y la lectura de ese desorden de piedras, su aparición en algún lugar de mis paisajes, esta mañana en, primero, un hilo de agua en el centro de esta oficina, luego charco que llamaré ojo de agua y en ese ojo entonces aquellas cartas, una mirada que era como música para mis ojos, vasos de canela a las tres de la mañana, la lectura de Rayuela (préstame atención, cuñao), las desveladas, un río de veladoras encendidas en el juego de la transfusión de sueños, la Ciudad de México de noche donde nunca estuvo conmigo (así como hoy que siento este frescor casi frío de la lluvia). Todo como una imagen que es como un cielito lindo nomás que sin mariachi pero sí la luna. No querer decir más, no me lo permite el hilo de agua, no se clarifica el fondo del ojo y lo que creía piedra eran sombras o limo, lo que creía felicidad era o fue durante más de un momento, la más, quizá necesaria, desolación.
El Taller de Yerbabuena
Acercamientos: fotos, lecturas, oficios, talacha, sonidos, viajes, retratos y rodeos
jueves 2 de febrero de 2012
lunes 23 de enero de 2012
Desde aquí puedo ver lo lejos. Desde aquí, en este silencio, o más bien en esta quietud puedo verlo. Tengo un rato que estoy solo en este lugar. Bebía, hace un rato, en este mismo rato en que estoy solo, o estaba (no estoy seguro de decirlo bien), agua. La bebía como con lentitud, como si pensara mientras bebía. Como si pensara el agua, se me ocurre decir. Más bien estaba como pensativo mientras bebía el agua, mientras el agua recorría mi boca, mi cavidad bucal, mi garganta, mi traquea, mi esófago y el agua pensativa seguía su ruta por mi cuerpo. Una cosa de pachecos, dirás. También leía un poco, de pie, porque tenía más la idea de ponerme a ver la televisión y por eso de pie leía para no sentarme a leer y quedarme ahí, en la lectura, que quizá no me funcionaría. Fast read. Levanté la vista del libro y me puse a ver por la ventana, entonces vi desde este sitio, desde este cuarto que podía ver lo lejos. Coches pasando allá suavemente, en una avenida y en otra, en distintas direcciones. Más allá la noche, la demás distancia entre la noche. (tú allá, cubierta por esta distancia oscura).
Luego un pensamiento clarísimo: puedo ir si quiero a cualquier parte en este momento. Lo pensé, lo pude pensar, pero subí al cuarto donde están los libros y agarré uno sin pensar mucho y me puse a leerlo. Leí el mar. Leí una bicicleta. Leí el principio que yo creo que me trajo aquí.
Entonces levanté la vista y vi lo lejos por la ventana, el cuarto azul, vacío, una desnudez de flores, una escalera de caracol (qué bonito esto, me parece) bamboleante y también en la noche, los cuartos que daban a la calle con una luz amarillenta, el tejado, viejo, humedecido, un miércoles que alguien no ha imaginado, ni yo mismo sino apenas unos pocos minutos antes y todo lo que pasó después, y todo ahora allá en lo lejos, por esta ventana, desde este lugar donde siento que están pasando cosas tan hondas como el curso entero de un río que es, podría ser, la desviación correcta al destino que ¿me espera?
lunes 19 de diciembre de 2011
sábado 12 de noviembre de 2011
miércoles 26 de octubre de 2011
jueves 28 de julio de 2011
miércoles 13 de julio de 2011

En el duermevela me vienen estas palabras: me caen veintes de una cosa, luego se deshacen esos veintes. Todos los días me muero. Me viene un perfume de alguien que puede ser un fantasma de carne y hueso. Lo es. Se puede tocar porque se esfuma. Como esa novela que estoy leyendo. Todos lo días me muero. Sé que se acaba el día y me viene la revelación de que me morí y que eso no duele, duele saberlo en todo el cuerpo, mi pensamiento nomás traduce eso que me dice el cuerpo. Y al otro día todo es nuevo, es el inicio. Pero no es el inicio aunque mi cuerpo me diga es el inicio. Lo sé, lo supe hoy cuando me fui a meter como todos los días a la biblioteca de los gringos, ese lugar tan grande y tranquilo. Todos los días voy a la hora de la comida y dormito, leo un poco, escribo en mi cuaderno verde, pero sobretodo trato de dormir. Lo supe por la mirada de una de las empleadas que sabe que voy a dormir a un sillón de una sala apenumbrada, junto a la sala donde sólo hay poesía (presumo que en esa sala hay uno de mis libros, que creo que nadie ha leído aun). La empleada me miró con ojos de tú vienes a hacer algo para lo que no está hecho este lugar. Aunque yo creo que sí. Entonces digo ella no sabe que todo es para mí cada día el principio, es decir que hoy que me ves con tu mirada histórica, yo apenas estoy pisando este lugar de nuevo. Entonces entro, busco un sillón y siempre me gusta el que está en esa sala apenumbrada junto a la sala de poesía y me siento ahí, leo un poco, escribo en mi libreta verde algunas frases, dormito, sobretodo trato de dormir y en el duermevela me vienen estas palabras: me caen veintes de una cosa, luego se deshacen esos veintes…
lunes 27 de junio de 2011
domingo 26 de junio de 2011
viernes 24 de junio de 2011
Debería dejar que se sedimente en el agua el peso de lo que voy pasando estos días. Dejar que caiga a su ritmo, a su tiempo, su recorrido de transparencia en la densidad del agua de lo que acontece.
Veo, todo el tiempo veo. Hace unas madrugadas el alacrán en el baño, frente a mí, en mis pies y el mensaje que no era veneno o este viernes la llovizna que cambia todo, incluso lo que uno no cree que cambia. Un día o un pasaje de redes por donde me pescan las palabras, donde las pesco. Nuevamente entiendo, aquí, sobre la fugacidad, sobre lo que ayer le decía (¿a quién era?) no puedo pensar más que desde la ilusión o la fantasía. Me veo todo el tiempo en un mañana, en un ayer, y es casi imposible que me vea aquí mismo, encendido, iluminado, sabiéndome. Pero lo que veo, o quiero ver lejos, en otros días, adelante o atrás, no es más que una perfecta fantasía y pues así hasta los Bukis o Lennon y Yoko o Disneylandia, o Sabina y su fantasía de “en mi casa no hay nada prohibido/ pero no vayas a enamorarte”. Y síguele.
¿y entonces cómo le hago para vivir sin fantasear, sin la ilusión respectiva, que infla todos mis actos?
Entonces aprender del juego, de la carrera que hago o el ejercicio del frontón, pelota y raqueta, esperando el vuelo, la dirección, ningún pensamiento, o sí, pero de otra categoría, un pensamiento blanco, natural, brotando casi sin registro cuando el cuerpo se ejercita. Llegar al juego bloqueando todo el pensamiento, el pensamiento social, domesticado, que apaga el espíritu lúdico. Correr por la pelota, brincar, jugar seriamente a que toda esa actividad tan primitiva es el universo. Porque lo es. En su tiempo esa pinche actividad tan ordinaria (si lo ves desde afuera) es el Universo donde vives. Entonces juego y me conecto con las fibras de unas corrientes de energía y cae en mí un regocijo, como orgásmico, placentero siempre si no quieres que me azote desde tan alto. Y entonces a medio juego, la irrupción que pregunta: ¿y si juegas tan bien, porque no aprendes de este juego a vivir bien? Y entonces lo que se sedimenta como que se revuelve y duele como nueva la confusión. Y síguele, a empezar.
miércoles 15 de junio de 2011
viernes 20 de mayo de 2011
viernes 6 de mayo de 2011
Es algo que se deslava, algo como el derretimiento de los hielos en el agua al tiempo, (hace calor, sacó del refri cubos de hielo), la mirada en esos hielos, vigilando ese trazo de momentos donde el agua sólida regresa a su estado natural. Yo en todo eso. Líquido y sólido. Como esa imagen de los hielos en el vaso, yo a la vez el agua y los hielos (¿mis palabras?) en un recipiente de ladrillos, de aire, de ciudad. Un yo de mí que regresa sin ser percibido, como si me hubiera faltado un brazo, o no un brazo, mejor como si me hubiera faltado el olfato, como si el oído regresara a esta mañana de pájaros, a este brotar de la fuente en este patio a donde baja a detener su vuelo un colibrí, o la gente espera, la gente dejando un pequeño rastro, como una envoltura de galletas o una flor. Rastros que logro registrar pero no logro eso con el vaso de agua y los hielos que van desapareciendo. Miro fijamente, atento, y voy bebiendo sorbitos, sintiendo en el paladar el cambio de temperatura. Yo siendo otro luego de cada sorbito, de cada instante nuevo como ningún otro. Bebo, pienso entonces, puro tiempo. Nuevo, irrepetible. Mi sombra, mi intención de decir algo ahora, mi sangre, es todo otro que fui.
miércoles 27 de abril de 2011
Hay un montón de lados por dónde llegar al corazón, a la mierda, al limbo, al tacto preciso de lo que sueño.
Hay un montón de música sin fin, dijo el músico ayer en el jardín, el que me decía sonriendo que era la tercera vez que tocaba el contrabajo. Él, baterista desde los 20 años de un grupo tropical y ahora de ir y venir a EU, sin trabajo, y su hermano le dijo échale ganas al tololoche y nos vamos a tocar, Dios socorre y más si nos ponemos a darle a la música, si nos vamos por ese camino. Asunción, me dijo se llamaba, y me senté en la misma banca y yo comía semillas y pensaba y sentía el frescor de la tarde y ahí el músico con su contrabajo acostado como un animal dormido, una foca de madera, o un ballenato –yo y mis imaginaciones, ¿o una canoa?- y le digo como que le dieron un llegue al contrabajo, acá abajo, y sí, traía una sumida el cuerpo de madera, y de ahí se suelta la plática, pero antes cuando me senté en ese lugar, el músico cantaba mientras no trabajaba y tenía buena voz, y me dijo de dónde eres y yo, cómo se llama su grupo, y de dónde aprendió música, nomás de ver, dijo, y no me acuerdo cómo se llama el grupo, sonrió, como diciéndome, o haciendo que yo pensara que las palabras en ciertas zonas de la vida no importan mucho, o importan nada, a lo que voy es que el músico, Don Asunción, sonreía y me decía de las canciones norteñas bonitas, de las que les piden en las cantinas, de los precios, de las dedicatorias, de su repertorio que humildemente llega a unas 200 canciones y él nomás con sus tres ensayos y tres presentaciones y el del acordeón y el de la guitarra diciéndole bríncate a La, bríncate a segunda de Sol, y él se ríe porque le dijeron, en unos dos meses ya te vas a acomodar y verás que bonito suena. El músico se levanta y me dice el nombre de las cuerdas y le rasca al tololoche, ahí sentado yo en el jardín y a un lado el músico diciéndome canciones, qué si conocía Claveles morados, es una de amor donde la canción le habla a la muchacha, a la novia, y le dice todo el cariño que siente el fulano por ella, bonita la letra, sin contradecirle nada a la mujer. O si conocía la del Cuervo y el escribano, y esa cómo va,
El cuervo con tantas plumas
no se pudo mantener,
el escribano con una
tuvo hasta novia y mujer.
Hace días, en una taquería estaba un señor ya grande, me dijo tóqueme el Pájaro prieto. Pos, qué pasó, dijo el músico y dije yo mientras el albur rondaba, ¿o no?. Pero pensó el músico, no me ha de estar albureando este señor y me puse a hacer memoria y que doy con la canción y le digo la que usted quiere no será ésta y que se la canto y que nos sale y el señor dice esa mera es, yo la escuchaba cuando tenía 12, 15 años, ahorita tengo 87 y no la había vuelto a escuchar. Nos dio 200 pesos. Le digo que esto de la música es bien noble, da pa aunque sea comer, qué más puede uno pedir si no hay trabajo.
Me tuve que ir pero antes estuvo dándome una lección de escalas según su modo de ver, y cantaba pedazos de corridos, de norteñas y yo apuntando los nombres de las canciones para buscarlas luego en youtube. Otro señor se acercó y nos dijo donde hay música uno siempre va porque la música junta a la gente. No sé si sabía ese músico que hay muchas formas, caminos para llegar a lo que sueño y en tanto decir que ocurren en un jardín, en una banca. Tan Tán.
sábado 16 de abril de 2011
Será el tiempo de la mansedumbre, el tiempo de la música que apacigua las orillas del fuego de la vida secreta. Será el aire fresco en el que amanece con el ruido que barre los sueños. Será, se pregunta, la corriente tersa, sin turbulencias, de todo camino.
¿Quién ha de saberlo a estas horas, a las que sean?
sábado 9 de abril de 2011
Siempre lo simultáneo, los entrecruzamientos, el túnel del tiempo donde ando pallá y pacá queriendo tomar algo para sentir que entiendo el presente, para predecir lo que no quiero.
Siempre las figuras temporales con gente que quiero y que no quiero, las constelaciones que todo el tiempo se mueven, digamos lo que digo, ¿para dónde va?
Camino de bajada, en las piedras de bajada de una loma de San Miguel y en la esquina un hombre que me ve, que dice que me ve pero no me oye. Un viejo que no esquivo. Para dónde caminas, me pregunta y me digo buena pregunta y le digo ¿irá a ser largo lo que me va a decir? Hay un alto porcentaje a que me va a pedir dinero, pero aguanto ¿Desde cuándo no ves bien? Y entonces se suelta, y dice por muchos caminos cosas y encuentros y su labor de jardinero y sus manos de uñas gruesas y estamos recargados en botes de basura y me digo qué raro que no huela la basura con este calor y entonces me llega el olor y me sonrío y el señor sigue en sus jardines, en sus labores y en sus descubrimientos con una planta que llama Comillo de elefante y que se da en macetas y yo con mis lentes y mi miopía de siglos, y lo oigo pero oigo más su música que sus palabras, que la información, lo que las palabras enredan con su sedimento en la cabeza de este señor que trae sombrero y unas plumas de palomas y le pregunto por qué las plumas le gustan dice y yo me digo le van bien, como su cabello y su bigote y su barba desaliñados y es un viejo que es real y que no hace falta más para quedarme a oírlo cuando voy al mercado a comer. El señor sigue envuelto en la música de su propia narración y yo atento y asombrado y me dice vivo en la calle tecolotes 39, ¿conoces? Y entonces nos fuimos por su lado, cada quien y yo con la sombra de las palabras del señor que me resuenan con lo último que dijo “Piénsalo” . Y yo por más que lo pienso pues no puedo pensarlo porque luego luego lo simultáneo, lo paranoico, las redes mentales y ya estoy en el mercado y paso por los pasillo de frutas y los gringos tendidos con sus cámaras y los cuadros de Olga Costa, el dardo que ya dio un chingo de veces en el blanco, pues ahí, los gringos con sus disparos sin mira y las señoras amablemente hasta la madre posando, y yo me atravieso y la cara de no mameyes con los aguacates y yo acá con mis entrecruzamientos pues, lo que les decía y entonces la comida, el sabor de la guayaba sin colar en el agua fresca, la pulpa en mi boca y la frase que me viene y cuando la iba a escribir cae la torta, los aromas, el hambre que regresa y después entonces la frase que se pierda, ya luego la encontraré, o encontraré otras.
sábado 2 de abril de 2011
En el círculo, entre la oscuridad, en la débil luz que atraviesa los helechos, en las siluetas de alambre, en la tierra del mezcal y los cigarros, en su humo venido de su boca, en la fuente que duerme y en la puerta de transparencia hecha música a esta hora de la madrugada. En el círculo de sillas y al centro las bebidas, la risa, la conversación y los hilos de los que buscábamos el amor sin encontrarlo, ahí, al centro de aquella ciudad. Ella se acomoda y dice, no me sé esa canción y canta partes, frases sueltas. La veo, la estoy viendo porque la disfruto, a pesar de la poca luz, a pesar de los guardianes y de los años que pasan.
Ella dice que ya se siente mareada y tiene sueño, mientras otros cantamos, mientras acaricio con mis ojos sus pies sin zapatos, sobre la silla. Veo su cuerpo delgado hecho ovillo sobre un dibujo de pájaros en la silla tejida. Veo el azul cielo de su chamarra e imagino su piel fresca a esta hora de la noche, imagino que la toco y ella sigue durmiendo en la ebriedad del mezcal y el cansacio. Ella, quiero adivinar esto, se olvida de todo porque se sabe amada. Se hunde protegida por el mar que la rodea, por el fuego que me impide decir aquí su nombre. Ella es el agua solar y el fruto de todos los días y yo la sed y el hambre griega que llamaron tantálica.
miércoles 23 de marzo de 2011
martes 22 de marzo de 2011
sábado 19 de febrero de 2011
Y siempre, como si fuera la percepción del sueño cuando sentía que debía decir algo, algo que iba para alguien que se esfuma, que hace que se esfume lo que quería, sentía debía decir. Pero se ha ido, como tiene que haberse ido para decir que se esfuma.
Entonces la música del agua, la música detrás del vidrio y yo al fondo, entre dos o tres cosas extraordinarias (así me lo parecen) y el ave que deja su silueta en las cenizas del canto donde soñaba que era un hombre de madera, con su corazón de madera, por supuesto, y que se iba lejos, sintiendo en el camino cómo se perforaba de polilla la pulpa de sus latidos, su fortaleza.
Ahora estoy en mi silla, en una silla que está al borde de un sábado frío, de sábado que carece de tejido, de consistencia.
Ahora la frase que quiere encontrar lo que era para poder ser. No sé si me hago entender. No sé si estoy despierto o sueño que hablo. Quizá son puros ronquidos sumados a la dispersión, al descuido, y oigo como que pronuncio palabras, pero es como decir la música del agua, que nomás es puro rumor, no mames, cuál pinche música, o rumor puro, que no es música, no empecemos con poesía. Chingo a mi madre si quiero poesía. Quiero otra cosa y no epígrafes, no citas. Quiero hablar bien de lo que siento, de lo que pienso y siento, y no quiero escribirlo bien nomás porque así debe ser la coraza, la imagen que suelta el que las suelta. Yo nomás estoy encerrado en una oficina a una velocidad que no alcanzo a los peces en la corriente quieta. Ando en madriza, inmóvil, mirando cómo paso de uno a otro estado, como el fuego que se mueve desde la raíz de la fogata y nos abisma, nos hace caer en nuestro propio estado de pendejez o mente lúcida y el fuego brinca y se unta en las ramas secas y corre expandiéndose hacia sí mismo y queda la aridez luego, la calcinación de mi nombre, el rastro que deja lo que merece siempre el intento de decir y uno fracasa.
viernes 4 de febrero de 2011
domingo 9 de enero de 2011
Por todos lados doy vueltas. Muchas. A veces me doy muchas vueltas en la cama y no llego al sueño. A veces le doy muchas vueltas a esa como comezón, a esa como intuición que rasguña unas palabras pero no las logro alcanzar. Vueltas enfermizas, sin curación. Cuando uno baila da vueltas pero la música hace que la definición de vuelta no valga.
Acá nada se resuelve, porque de eso se trata cuando uno da vueltas, sin música. Quien en su carácter le da vueltas a las cosas no es alguien pragmático. Y yo debo, deberías serlo. Para no cansarme, para no repetir los tramos, las frases. Debería, por ejemplo, salir a correr pero olvidando los circuitos del año pasado. Dejar de dar vueltas. Ir de un lado a otro, sin repasar ningún punto. Sin retornar. Pero algo me detiene y sigo dando vueltas. Algo que viene del temor hace que no me suelte de mi mareo. Porque de pronto sé que no hay para qué tener miedo ni temor. Es dejarse ir, o dejarse caer, o dejarse ir en su vuelo o en la corriente que se saborea en muchas cosas: la novela que leo, una palabra de la cocina tabasqueña que suena antojosa, los cielos nocturnos de últimas fechas, lapsos en el trabajo, la sensación de la siesta por la tarde, el punto que inicio cuando termino de decir esto y un florecimiento en mí de los sedimentos del silencio abren brechas y por ahí espero conducirme.
sábado 1 de enero de 2011
Dejé kilos de lecturas incompletas, abandonadas. Un año de lecturas quebradas, rotas, olvidadas. Un año hecho de añicos leídos. Ni para qué hablar de la escritura. Estuvo muda. El cuerpo no. Este año no. El cuerpo sudó, lavó su nombre para que resuenen mejor las palabras. Músculos como paredes y la palabra como una pelota rebotadora, encontrando lugares nuevos donde rebotar, donde hacer una fisura, una herida noble. Perder contra nuestros reflejos. Una lista, también incompleta de los libros que logré terminar y me gustaron.
Lecturas 2010
1. Al faro (novela), Virginia Woolf.
2. Padre y memoria (ensayo), Federico Campbell.
3. Los papeles falsos (ensayo), Valeria Luiselli.
4. Conversaciones con Al Pacino (entrevistas), Lawrence Grobel.
5. El gran sueño del paraíso (cuentos), Sam Shepard.
6. Momentos de vida (ensayo), Virginia Woolf.
7. Pizzería Kamikase (cuentos), Edgar Keret
8. Vuelo sobre las profundidades (ensayo), José Agustín.
9. Tokio blues (novela) Haruki Murakami.
10. La jornada de la mona y el paciente (relato), Mario Bellatin
11. La edad obscena (novela), Edgar Reza.
12. Los anillos de saturno (novela), Sebald.
13. Gente así (cuentos), Vicente Leñero.
14. Lucy (novela), Jamaica Kindcaid.
15. Me acuerdo (memorias), Georges Perec
16. Recuerdo (memoria) Joe Brainard.
17. Ensayos sobre ajedrez, Luis Ignacio Helguera
18. Zugzwang (poesía), Luis Ignacio Helguera.
Y un puñado de poemas sueltos de varios autores.
miércoles 24 de noviembre de 2010
Quiero pensar que recomienzo. Como parece que dicen todas las palabras de los poetas. Cuando nombro recomienzo. Cuando digo algo viene, bienvenido, el silencio nuevo, como el dulzor mejor de una manzana un soleado, caluroso miércoles sin agua en la mano, y ese frescor dulce que todavía, siento, no ha llegado a su madurez, pero que así era mucho mejor en mi boca. Su jugo, lento, espeso, como agua misma.
Entonces recomienzo, siempre, recomienzo.
Me detengo a escribir dentro de esta otra inmovilidad (ojalá pudiera decirlo de otra forma, mejor) de días, de quedarse quieto, mientras todo lo demás se mueve. Un movimiento perpetuo. Una red de movimientos y yo como un clavo en una pared, bañado por el sol, el agua de lluvia, el aire, el frío, las palabras que son sombras de pájaros, o trazos de telarañas, o la vibración de la música, o los movimientos telúricos, íntimos, frenéticos. Y yo, en este, ahora lo sé, fantasma de inmovilidad. Entonces abro ventanas, puertas, me muero un poco, y recomienzo a otra claridad, a la vereda de este sitio y pienso en el vértigo del movimiento y en la fe que siento en cada hilo fortalecido de mis músculos y en lo que vendrá, que es algo que ya no temo, que dejé de temer apenas lo voy sabiendo con esta máscara de palabras que me hacer oír mi voz, la que está de detrás, según ella disfrazada, a salvo. Y no. Nadie debe estar a salvo, me digo, mientras me siento el fogón bien prendido, listo para cocer la olla de frijoles y las señoras que no acaban de limpiarlos.
Pero la fe, decía, la fe de saberme cierto, la sensación corporal que digo es fe porque he tocado de algún modo mi raíz, en esos días de la inmovilidad fantasma, de la calma artificial, de la flor de plástico. Y entonces lo que sigue. El recomienzo.
domingo 24 de octubre de 2010
martes 7 de septiembre de 2010
¿Y qué hace uno sentado mientras la ciudad, la mierda de ciudad se hace más nudos en todas la esquinas, se incendia, se ahoga en puras lloviznas, arrastra basura, la amontona, la mezcla con nuestro ánimo?
¿y qué hace uno aquí, tan campante, sin dinero, mirando las macetas con sus hojas frescas, lloviznadas, brillando al sol?
¿y luego qué?
¿y luego estas letras a dónde van a parar como la sombra donde camino y piso?
¿y qué hace uno escuchando el ruido/sonido desde esta mesa, desde mi lugar donde el tiempo se escurre en mis pensamientos y el día no alcanza para nada más que posponer lo que siento como principio de la música en mi corazón, pero que no digo, pero que, me lo digo en murmullo, no alcanzaré a decir?
viernes 30 de julio de 2010
La deslumbrante claridad en los ojos del que no ha dormido, del que sin saberlo se está volviendo pedazos de muchas otras vidas y no sabe cuál es la buena, la que le toca, la que reconoce como verdadera. Pero todas lo son, cada fragmento se integra, se hace uno, centro donde resuena lo que parece atravesarlo: el sonido del violín y el arrullo del piano, las varias sonrisas recientes de gente que quiere; la insoportable levedad de los otros seres que parecen estar cayendo, yendo y regresando como olas en este alfabeto de cemento; las palabras cálidas contra el frío, los silencios frescos contra el calor, contra el infierno personal de algunos pensamientos, de algunas fechas llenas de monedas rancias; la locura (¿o cómo llamar a todo esto?) de lo que hacemos, de lo que dejamos de hacer; los afanes de tapar aunque sea con pintura las manchas en las paredes de nuestras vidas que se carcomen, se humedecen con lluvias y lágrimas y tiempo arruinado; las hojas puestas a secar en una charola como si fueran joyas, como si con amor se colocaran en ese lugar (y así pasó verdaderamente), o también, de este lado del sol, la emoción de haber encontrado un libro nuevo y el sacrificio de decidir comprarlo a costa de otras cosas que parecería las sacrificamos también; el aroma tenue de la piña llegando hasta donde estoy escribiendo; los manjares sencillos de la comida; los ruidos de la madrugada pensando que andaba un ratón entre el revistero y era una cucaracha, y luego nuestra risa, una risa que me parecía dentro de un sueño y ni modo matarla y filosofar ¿por dónde se metería esa pinche cucaracha? y pensar en fumigar y pensar también nunca escribiré nada referente a las cucarachas ni a los ratones ni a la política ni a las telenovelas ni a los hartazgos ni de todas esas cosas que vivimos y que oscurecemos, pero hoy no, hoy no se puede con esta deslumbrante claridad que entra en los ojos, esos que no son míos, del que no ha dormido.
domingo 18 de julio de 2010
Es un trago de felicidad, son los colores, es el sol, las huellas del sol sentidas en la cara cuando el chorro de la regadera, cuando te miras sentado hablándole a ella a los ojos, a unos ojos que sientes te están escuchando, quizá felices también, quizá nomás llenos en este domingo de una claridad, de una –siempre- música.
Es un trago que amanece, que camina poco a poco como el cachorro en el patio y que va dejando el miedo, va dejando sus primeros días con todo lo que traían: lluvias, ruidos, sombras, calcinaciones.
Es un tramo que me toca recorrer con el cuerpo que llevo, con los pensamientos imprecisos pero míos, con la confianza que mi pulso se negaba a vibrar.
Es un trago de felicidad porque haces lo que te toca hacer: una jarra de agua de limón, la salsa de molcajete, las brasas del carbón todavía encendidas en la mañana, la lectura de un poema sobre el padre, la risa contagiosa de los hombres desprendidos de las jornadas donde lo único que suena son sumas y restas financieras.
Es el trago, el tramo, es y fue la armonía en esa que no es otra cosa que la danza de la respiración entre los demás danzantes, en la festividad que viene del asombro y de un tacto fino y delicadísimo cuando revelamos nuestra fuerza.
Y todo es tan sencillo, tan ve hacía allá porque tu adivinación tiene nuevamente el acierto, o ven regresa, colócate en tu lugar sin pensar mucho, sé paciente, déjate mirar lo natural de ti, lo que así es de tu sangre.
jueves 15 de julio de 2010
Cubierto de aserrín, de cenizas cubierto, de música, de una música que parece parte de la luz en la ventana, que parece parte de la madera que con respeto, como los antiguos, corto para construir el lugar de las vestimentas, del cobijo. Cubierto del aroma de la madera que me recuerda siempre la niñez, el lugar donde nací y de ahí, no hace mucho sentir la explicación (para decírmela a mí mismo) de mi labor en la carpintería: porque quiero recuperar en palabras todo aquello que habita en mí desde siempre, de mi edad de miradas detenidas en, por ejemplo, aquel árbol de nísperos sobre el tejado de la carpintería; sus frutos dulces y jugosos, sus huesitos coleccionables, brillantes con y sin mi saliva de niño clavadísimo en digamos, también, el balde de madera con el agua serenada y adentro la luna, la luna que se deshacía una y otra vez a mis tres o cuatro años cuando una gota se escapaba de la llave.
Cubierto de sudor al mediodía, en este jueves que no llueve, que no es París ni mucho menos poema de Vallejo, pero que algo sí tiene de transparencia terrible, de vacío por lo que nadie soluciona, de tristeza a a pesar o con ayuda de esa hermosa música que se parece tanto a la luz, a las plantas iluminadas, a mi hermano que allá afuera maneja otros tramos de madera, al trabajo que nos hace olvidar los problemas de todos los días, dentro de un tiempo que es a pesar del concepto de trabajo, un juego, como un juego de nubes que miramos pasar, vigilamos con la mirada atenta aunque nos sintamos manchados de toda la fugacidad de sus sombras.
sábado 10 de julio de 2010
A las 4 de la mañana hay gente mirando, rodeando a un par de autobuses que van a partir hacia otra ciudad. Llovizna y bajo la llovizna la gente platica, acomoda cosas en las mochilas de los que viajan, van y vienen a los coches, miran la oscuridad de las ventanillas. La llovizna continúa y la gente parece que no se da cuenta que moja y que es de madrugada y que todos deberíamos de irnos a dormir. La calle, esta avenida sueña con dos o tres coches esporádicos, coches que quieren desgarran con su sonido la calma de la nocturnidad. Yo estoy sentado frente al volante de la camioneta, viendo y esperando a mi mujer que también está entre la gente que platica bajo la lluvia ¿qué tanto habla con otra señora a esta hora, de cómo han crecido sus hijos, del clima, de aprovechamiento escolar? No traigo libro alguno para hacer la espera menos, vamos a decirlo así, lastimosa. No traigo libreta ni pluma para escribir algo que pudiera ser un poema, un apunte, un pasatiempo. Quiero a esta hora estar, por supuesto, dormido, mientras la lluvia suena. No me queda más que recordar cosas que por el día pasaron o me ocurrieron. En la mañana, muy de mañana, el recuerdo de cuando vivíamos en el enorme cuarto de láminas y la lluvia caía y caía y era como estar bajo una lluvia seca donde el sonido suave o potente de las gotas me, nos, a mis hermanos y a mí, acurrucaban y era bueno, así se sentía, que la lluvia cayera de madrugada y la tibieza de las cobijas era mejor, era como una noche especial y lo era; era como dormir una noche dos veces, dos descansos en una sóla ocasión, soñar bajo el sonido notable de la lluvia al grado que cuando ya viví en un cuarto con losa de cemento en el techo la lluvia me pareció apagada, triste, sin importancia. En aquel cuarto la lluvia se volvía principal. No había goteras pero cuando caía una lluvia torrencial el sonido era todo, no se escuchaba ni la televisión a todo volumen y entonces nos dedicábamos a quehaceres varios: desde el simple recostarse (si era de día) a escuchar la lluvia, o se ponía alguien a leer o a “arreglar sus cosas”. Como cuando a veces la luz se va y no hay tele ni computadora ni música ni enchufe alguno donde colgarse con nuestra vida tecnológica y entonces yo me ponía ( cuántas veces mis hermanos no se chingaron a soportarme) a tocar la guitarra y a berrear canciones que iban desde boleros, trova y otras inventadas, todo en la oscuridad pasajera de un apagón. O la otra opción era jugar a las sombras con la luz de alguna vela o ya de plano retomar eso que algunos románticos llaman conversación. Todo esto pensaba mientras la llovizna caía sobre gente mirando, esperando que esos camiones, como una especie de ballenas varadas, partieran por los mares de las carreteras hacia otras costas y yo no tenía papel alguno ni nada en que matar el tiempo y me decía, hace apenas un rato de eso, que ojalá escriba algo de todo eso, de todo aquello, que los escuincles que van a esa excursión se diviertan y que los choferes con sus corbatas de choferes manejen bien y la gente que espera bajo la llovizna se dirija a sus respectivas casas, habitaciones, camas, y se duerma por los menos unas cuantas horas más y despierte y desayune y haga lo que le toque hacer, entre esa gente esta mi esposa y yo, y ella que sigue hablando creo que con una maestra y yo ni en donde escribir nada, ni distraerme con algo salvo lo que desde donde estoy se ve en la calle: la parada de autobuses desierta, un número (69) pintado en una parte de su estructura que me remite por supuesto a sexo, a dos ganchitos, al yin y el yang, a dos peces. Un edificio con luces rojas que en el parabrisas se comienza a distorsionar porque la lluvia arrecia y de cuando en cuando enciendo los limpiaparabrisas para que el mundo no se desenfoque y yo tenga algo en que distrarme mientras mi mujer decide que es hora de irnos porque los autobuses no tienen pa cuándo y la llovizna, el acogedor frío nos espera, nos rodea, para seguir durmiendo, para prolongar la noche, los recuerdos, las ganas de escribir y sin tener con qué y cuando por fin la pluma y papel en la mano o la computadora, olvidarse del asunto, diluirse, porque así es cuando uno quiere escribir, como las luces rojas del edificio miradas a través del parabrisas que se sigue cubriendo de más lluvia y abandonar el barco de la escribidera, meterse a la cama con sueño pero a la vez con el rollo atorado de no haber escrito ese algo que tenía de comezón cuando se me viene escribir. Esa como mancha, como notas dispersas y que hacen más cama a mi cama, más madrugada a la madrugada, más lluvia a la lluvia que afuera no se detiene.
viernes 18 de junio de 2010
Darme color de lo que voy tocando. Recordar a Blake, en mi, digamos, flaca interpretación, acerca de seguir el camino del exceso, o como dice en alguna parte Don Juan Matus (como lo pudo haber dicho cualquiera, pero que en el momento de encender la lámpara de los libros de Castaneda a mí me cayo el veinte) seguir el camino con corazón. Y a más no poder estar en eso, estar en el asombro que se desenrrolla este viernes, bajo la lluvia, bajo el cansacio del abrir y cerrar las puertas que no quedan, de las palabras que no quedan, de las noches que no quedan en el descanso, en el extraviar las máscaras diurnas en los sueños donde pierde uno la cabeza, la torpeza, los pies hacia el vuelo sobre los árboles de mi casa. Aleteando, sacando la felicidad, el corazón del cielo que soy y la música, ah, la pinche música que, me cae de a madre, me cuida hasta el llanto, me cuida, me dice, camina por aquí, cabrón, respira de tu tiempo, de lo que vas tocando con esa tristeza que dices, que te dices cargas como un bulto que nadie ve, que nadie vibra porque no te dejas ver. Darme color, decía, a seguir tocando, a seguir desapareciendo en eso que toco y no me gusta, ¿pero qué otra cosa, mariposa, se revuelve en mi cerebro, en esta temporada expansiva? Hoy di un paso enorme para mi humanidad, como si pisara la luna. Aunque pudo haber sido de reversa, hacia el origen de los destellos que me harán ver en qué momento me volví un rompecabezas, un vago que arriesgó sus brújulas, un desencanto puro en esta profundidad efímera, como sabor de chicle que te alcanza a recordar el momento, el remoto momento cuando masticabas una hoja de menta o yerbabuena, fresca, recién arrancada por la fuerza de tu instinto.
sábado 12 de junio de 2010
Camino. Tengo el día entero caminando bajo el sol. ¿Hacia dónde camino? Encontré lugares, calles, imágenes. Encontré entre los pasos algún pensamiento útil en estos días de gran inutilidad. Pensé en dejar la pereza. Pensé en la lentitud del sabor cuando, como si caminara, como si dejara de lado los servicios de transporte, estoy en la lectura de esa novela de Ondaatje o el libro de entrevistas a Pacino. Camino y descubro que estoy, quizá desde ahora, dejando parte de la ansiedad que me correteaba, de la presión que me ponía entre la niebla de la enfermedad y las obligaciones sin raíz. Ya muy cerca de casa toqué mi cabeza rapada y el calor del sol perforaba mi cráneo y lo hacía sudar. Me cubrí con una revista que traía unos poemas sobre dragones. Caminé sin tomar descanso con los dragones en mi cabeza. Sonreí como si hubiera escuchando una canción que me gustara. Metí la llave a la cerradura de la casa, bebí jugo de naranja con muchos hielos, me tendí frente al ventilador que giraba dichosamente sus frescos pétalos. Me dormí como si no debiera nada a nadie, como si el mundo me amara. Más tarde cayó un aguacero y desde la ventana del ático saqué, estiré la mano con el cactus que allá vivé en una maceta y el cactus y mi brazo sintieron otra especie de felicidad. Pensé en la estrella negra de un país africano. Quité un poco de polvo del lugar que asigné para escribir, para guardar los libros, las películas. Sentí el aire fresco, la limpia amplitud de la casa cuidada hoy sábado por mi mujer, mi mirada me supo a un mes de junio por todos los alrededores, bajé las escaleras, recorrí descalzo las texturas, me seguí de largo en mi caminata.
jueves 10 de junio de 2010
miércoles 9 de junio de 2010
Traigo tres peces en el pecho, que caen en su propia cascada como yo caigo dentro de la regadera a medianoche. Dejo tirar el agua no para que se desperdicie sino para oírla, para descubrir que desperdicio el agua de mi vida con metáforas antiecologistas, incluído el chiste malo. Despierto caminando entre los aromas de la lluvia de la tarde y orines de perro en el jardín vecino, despierto hacia el baño y desprendo el celofán de un libro nuevo, de una cálida isla de humo y oigo el sabor de un infante difunto y me miro sin lentes, sin los lentes que ahora no necesito y me digo traigo tres peces en el pecho que boquean de sed, que son tres tristes peces y juego a que los meto a su propia cascada, juego a que la regadera es una cascada para ellos, juego a que los tres peces son tres espejos donde puedo incluso mirar mi espalda, como si el agua fuera el puro sonido resonando al otro lado de la puerta, reflejándose en esos tres peces que es uno solo también reflejado, rebotando como una canica en los escalones de una canción de Cri-cri-cri-cri…en este pequeño espacio del baño. Entro al agua que se había estado tirando, que ya me había bañado un largo rato con su sonido mientras yo decidía sobre los peces y me miraba en el espejo sin lentes, los lentes que no me hacían falta, lo supe mientras me miraba, y me miraba claramente hasta que llegué a saberlo y todo fue más claro, además.
jueves 13 de mayo de 2010
Hoy no fui a trabajar. No hubo ninguna situación grave para no ir. Nada más me dije hoy no trabajo, quiero descansar. Eso, creo, ahora, hago. Descanso. Escucho pájaros allá afuera, ladridos, una sirena. Tengo mucho que no escribo y pocas ganas lo que se dice ganas. Debería de encontrar una forma más efectiva para despreocuparme del dinero, de las responsabilidades que quién sabe cómo sea esto pero parece que cada día aumentan. El peor verbo en estos días siento que es “debo”. Debo hacer esto, debo hacer lo otro. Antes era quiero o no quiero, y así me gustaría que fuera, sin dañar a nadie ni a nada con mi libre albedrío. Hace unos días decidí no volver a comprar un libro más. La decisión no la tomé porque ya no hay dinero para seguir el ritmo de libro que se me antoja libro que compro. Las decisión la tomé porque no tengo tiempo para leer los mil o dos mil libros que tengo en casa. Digamos que de esos mil o dos mil, sean 500 los que me alucinen luego de leerlos ¿Cuándo tendré tiempo de releerlos? Los demasiados libros, dice Zaid. Mi proyecto de lectura es terminar los que tengo antes de comprar otro. Y puede, claro, haber excepciones para comprar en determinado momento un libro más. Y debe ser un libro extraordinario, excepcional el que me seduzca. Pero si no lo he leído ¿cómo voy a saber que es extraordinario? No sé. Usaré mi olfato, supongo.
Hoy no fui a trabajar y hoy siento que me sobra tiempo cuando por lo regular siempre me falta. Día tras día. Tengo muchísimas cosas que hacer si lo pienso. De lo que se trata hoy es de no hacer nada, incluso esto de escribir debería de no estar haciéndolo. Pero sospecho que todo esto es síntoma de un problema con mi ritmo, una inercia de hormiguita, de adicto al trabajo, de hacer por hacer, y no me tiene contento.
Quiero estar en la alberca, ahora mismo, pero siento culpa. Todos en sus trabajos, en la escuela, y yo acá tendido al sol, al intenso sol, contrarrestándolo con el agua fresca de la alberca, que por cierto está muy cerca de casa.
Dormiré o iré a la alberca o leeré o releeré. Hoy quiero estar sin planes, sin tiempo sobre mí.
Hoy quiero ser el hombre lento, el vago, y que su sombra, su beneficio se alargue a otros días.
lunes 19 de abril de 2010
Me pidió que la llevara a la calle Vivaldi. Yo iba en ese momento escuchando algo de Mozart. La muchacha era guapa, muy guapa. En ese entonces yo tenía la fortuna o la manía de enamorarme de detalles como pensar que podría haber ido escuchando música de Vivaldi (llevaba conmigo Las cuatro estaciones) y no de Mozart y que esa casualidad me hubiera servido para no otra cosa que hablar con aquella muchacha, invitarla a algún lado o a simplemente disfrutar de su belleza, aunque fuera de manera breve y quizá fugaz. Pero no fue fugaz aquella muchacha que me pidió la llevara a la calle Vivaldi. Yo era taxista y ella una muchacha que vivía en la calle Vivaldi y era muy guapa y tenía un rostro dulce. Pensé durante días en ese encuentro y también pensé en escribir un poema falseando o el nombre de la calle a donde iba ella o la música que yo iba escuchando. Quería que la calle y la música coincidieran porque eso, supongo, me parecía entonces poético. Claro que no logré escribir ningún poema sobre ese momento. Así que seguí en lo mío: recorrer calles, hablar con gente, ir y venir por ciudades, pensar en escribir hermosos poemas sobre la gente y los lugares que cruzaban por mi vida. Han pasado más de diez años de eso. Ya no soy taxista. Hoy pasé por la calle Vivaldi. La calle tiene árboles frondosos. Las sombras de su follaje juegan con el viento fresco y el sol intenso de estos días de marzo. El recuerdo de aquella muchacha, de la belleza de aquella muchacha, me dije, no se ha borrado de mi memoria. Y me sentí cursi. Nunca supe su nombre, nunca supe si ella se sentía bien o si sentía algo o nada al vivir en una calle con el nombre de un músico que puedo decir que amo. Llegué a casa y me dije debería olvidar estas cosas que no van a ninguna parte. Antes de escribir esto, durante toda la tarde estuve entre silbando y tarareando, mientras trabajaba, sin darme mucha cuenta de que lo hacía, hasta que alguien me preguntó qué canción era esa: el primer movimiento de la Primavera.
lunes 12 de abril de 2010
miércoles 31 de marzo de 2010
He estado en últimas fechas clavado en el frontón, en el ajedrez, en la chamba, en algunos guiones de radio. He querido ponerme disciplinado con la lectura (sin conseguirlo) y puros pedacitos de novelas, de ensayos, de poemas. Irremediablemente. He estado hipersensible a la música que oigo y la disfruto hasta el llanto, hasta el gozo de sus letras y sus acordes, sus notas. Noto que apenas cuatro meses y las rodillas me cobran factura por estar yendo a jugar hasta, algunos días, dos veces mañana y tarde. El frontón sube de prioridad y luego, ahora tiene que bajar. Todo ha sido juego de la pelota, todo ha sido, trazos en el tablero de ajedrez (juego en línea y contra la máquina). Ahora mismo traigo una partida donde la máquina me está colocando como casi siempre una hermosa madriza sin piedad. Apenas he logrado empatar que hasta guardé el archivo de ese glorioso juego para mi egoteca.
He visto algunas buenas películas: una de Wenders escrita por Sam Shepard, otra que casi me hizo creer de nuevo en las películas de fracasos: Crazy Heart, pero en alguna parte dejó de gustarme. Vi Romeo is bleeding, que vi hace años y que encontré naufragando en la red, y cayó en las mías y me latió.
Por el lado chafa, empecé a ver Nine con Daniel Lewis y nomás no me latió, y me rajé, quedó más de la mitad de película sin ver. O algunas arañas la vieron mientras yo roncaba.
De las lecturas ni digo nada. Una página de Borges que leo mientras espero a alguien. Tres páginas de una novela de Vicente Leñero mientras mi mujer sale de su trabajo. Medio poemario de Luis Ignacio Helguera mientras veo como el estacionamiento vacío donde trabajo los fines de semana se deja querer por el cielo que le dibuja sombras de nubes.
domingo 28 de marzo de 2010
De niño escribía el nombre de la niña que me gustaba en la suela de mis zapatos. Era un lugar secreto. Sólo que me cayera y, suponiendo, que alguien ayudara a levantarme y tuviera la curiosidad de fijarse en las suelas, sabría lo que mi corazón sentía. Cuando llegaba a casa veía, a veces, todavía el nombre entre la tierra raspada de mis pasos. La mayoría de las veces el nombre se había borrado por completo. Y al día siguiente lo volvía a escribir.
Por otro lado, nunca escribí nada en las puertas ni en las paredes de los baños pero me gusta/ba leer los mensajes: insultos, albures, confesiones amorosas, acusaciones, dibujos.
Hace poco, en la carpintería, mientras hacía un mueble tomé un descanso y me puse a leer un libro de poemas. Encontré versos que me gustaron. (Escribir un poema, pensé, es escribir en lugares secretos nombres que amamos. )
Los versos que leí quise guardarlos así que los copié sobre el canto de la madera del mueble que estaba construyendo.
Luego ensamble el mueble, lo detallé y barnicé. Días después lo entregué al cliente sin decirle nada. Los versos que me gustaron iban ahí, en los lados invisibles de la madera, debajo de la pintura, en las uniones. Lo único que pensé después fue en mi infancia, en mi timidez quizás de aquellos días. También pensé: cuando ese mueble sea destruido la poesía aparecerá.
miércoles 17 de febrero de 2010
Nueve de la mañana. Bebo jugo, sorbitos de jugo de naranja. Siento la pulpa pasar por mi boca, en mi lengua esas lagrimitas amarillas de las que desconozco el nombre y que a veces mastico, reviento para saborear su interior de más acidez y dulzor. Afuera llueve, leve / pero ya vas a empezar otra vez con tu clima con la hora con el comienzo del día afuera los silbidos de los albañiles y el locutor que a todas luces es cristiano y agradece las lluvias y la inundaciones y dice que todo pasa por algo triste pendejo pinche huevón páguenme a mí por decir tanta estupidez cae madera cae una y otra vez y también el raspar de la cuchara sobre los granos de arena y el metal no sólo se pule sino que chilla, desagrada, y pasan las mañanitas se arrancan y un urraco acá cerca de la ventana suelta su graznido desafinado y allá en el taller de los hojalateros los golpecitos contra el metal y unos violines de seguro es el Buki ni modo que sea Mozart y yo y mi pensamiento así que se dispara pero no es el Buki es José José y cómo puedes tú ser libre mientras yo soy preso y síguele así todo el día lo bueno es que no me quedo lo bueno que ya parezco el locutor encontrando lo bueno la bendición a cualquier cosa como almorzar pescado y decirme qué nutritiva alimentación ahora sí voy a adelgazar y aquí con el día nublado no se ve ni madres de lo que estoy escribiendo y también la idea de hacer otra cosa en este blog porque siempre es el mismo digamos sonsonete y el espacio es tuyo encuéntrale otras formas y otros caminos de todos modos ni quién te lea cómo no si ya hasta tengo seguidores y ni modo de no compartir lo que mis neuronas dicen conectar. Intentar expresar lo que quieras aunque no sepa lo que quiero porque así es siempre ya no digas aquella frase de la que ahorita así en este flujo encuentro era equivocada para decirla aquí porque no tenía nada que ver con esto no te salgas del tema ¿pos cuál? Suena el teléfono y bajo en chinga y no era para mí y además M. ya estaba cerca y era para ella y me dolió la rodilla las dos y pienso: qué bueno que llovizna para ahora sí no ir a jugar y descansarme. Sigo escribiendo. Los maistros cabulean, desde ayer otro nuevo, hermano de otro que medio quedó mal pero el maistro encargado ya apechugó y dice que van a terminar antes del sábado, lo dudo mucho, pero en fin, yo el viernes no estoy, voy a México, les voy a pagar el domingo para hacer bien cuentas, sí no hay bronca, dice, no sé si resignado. Abren la puerta y me hablan en la construcción y que qué pasó con las maderas recortadas ahorita te las hago dos metros cinco dos o tres, con tres y todas las otras que les hice quién sabe dónde quedaron, pues les vale madre, mi sudadera se llena de aserrín y como trae bastante ocote, aceite, pues el aserrín cada vez que lo sacudo no se cae y no se cae. Mi sudadera anda llena de caspa de madera y huele rico, a aceite, pudiera ser yesca y bajo esta llovizna prender sin dificultad por la brea. Termino y regreso a mi otra tarea que dejo de lado porque se me vino la comezón, las ganas de escribir. Todo requiere orden. Intento comenzar. Pero mis intentos en eso quedan, a eso parece se dedican. Hace rato en la carretera decía que la rutina de todos nosotros, lo mismo, como la misma música que oigo, oímos, a ver dime qué edad tienes y tan joven y ya andas como yo oyendo el mismo viejo disco y a ver qué nueva música has descubierto, dime a lo mejor, es lo más seguro, me estoy perdiendo de algo, que de por sí siempre he andado perdido, hay no cómo crees si se ve que eres bien objetivo si se ve dijo el otro día una señora no tan, que él si sabe lo que quiere, pues a mí, me acuerdo que dijo otra mujer, se me hace muy seco, y yo sonrisita de pues no sabia que estaba en un programa de esos que te juzgan y donde de acuerdo a qué tan simpático les caes eres culpable o inocente. Pero mejor me alejo de aquello que ya está lejano y me siento aquí, digo, me pongo a escribir porque en la llovizna que puedes trabajar a pesar de que estás hasta el gorro de cosas y tú acá sentadote, en medio de un mugrero, de un ejercito de libros que te preguntan o imaginas que te preguntan a qué horas me vas a leer, como a veces la bicicleta estacionaria, de mi hermana, de mi esposa, de mi cuñada, parece que dice a qué horas empiezo a girar, y las bicicletas estacionarias como una flor que crece sobre una loza de cemento, algo raro, como una vaca sobre la cama, como un sueño pues, a pesar de que una bicicleta es muy normal que esté dentro de un cuarto, sobretodo si es estacionaria. Igual los libros acá, frente, a un lado, detrás de mí, como montones de edificios y yo el monstruo que los pisotea. Pero en fin, nomás quería salirme de aquí y la verdad quién puede salirse de su propia vida con un rato que escribas.
sábado 13 de febrero de 2010
Vengo de un viaje. Y digo vengo de un viaje y siento la pesadez de la metáfora, la vieja finta de la palabra “viaje”. No hay (aunque es inevitable que lo hay) casa de espejos dentro de esa casa de la palabra viaje. Es decir que he recorrido un camino, me he trasladado de un punto geográfico a otro y en ese tiempo vi diferentes matices de la luz en la carretera, vi árboles, animales, oí voces, sonidos varios como el del motor de la camioneta, o el viento colándose entre los muchos resquicios de la carrocería. A lo que voy es que no importa mucho todo esto. A lo que voy y no es nada fuera del mundo es que he escuché canciones, algunas mejor que otras. Escuché palabras, pensamientos, sentí cómo me atravesaban las presencias de los árboles, de los paisajes. Como aquella madrugada (y esto me atravesó como un túnel de luz, como los faros de un coche en sentido contrario) que viajé desde Durango hacia Mazatlán, hace años, cuando me creía poeta, y entonces pasó que el autobus recorrió horas en carretera y yo quería conocer, como todos los poetas chaqueteros, el mar, pero ese mar de Mazatlán en ese entonces. Durante el trayecto me fue casi imposible dormir, mucho calor, mucha ansiedad, y quizá mucho cansancio y mi tan bien afianzada incertidumbre de no saber a qué chingados iba a Mazatlán. La carretera se llenó de neblina y los coches y demás tráfico iban a vuelta de rueda. Entonces, y aquí lo interesante de la historia, Pink Floyd y su The dark side of the moon en mis audífonos, con sus latidos, con sus trancos de corredor, con su helicóptero, con la hermosa voz de mujer hiriendo el cielo, los abismos de la noche en las vertiginosas barrancas del Espinazo del Diablo. Mi cuerpo entero escuchando, el tic tac de un reloj mezclado con máquinas registradoras, con carcajadas, con retazos de voces maldiciendo, con el alarido que explota en un vuelo sobre todo lo que me pesaba en ese entonces. The dark side of the moon. Un viaje. Una novela sonora atravesando mi corazón hecho ruinas por esa peligrosa carretera, por esa pesadilla de camino donde los trailers se desbarrancaban, donde los autobuses adivinaban los rebases en las curvas. La alucinación más completa que he tenido jamás. Como diez horas, o algo así. Y hoy, en este viaje corto, que acabo de hacer, un resplandor de aquella vez, un trazo de algún faro hiriendo (¿cómo decirlo de otra forma?) mi coraza de hombre corriente. Ahora, dos de la mañana. En los oídos de mi casa, a oscuras, de nuevo, recostado, los latidos, el fragor, el destino que me suelta a la profunda, a la potente visión de aquella vez, hasta no recordar nada, hasta apenas decir “vengo de un viaje” y abrir la puerta de cristal y la llovizna, y el calor sofocante, y la neblina escondiendo el mar de Mazatlán, y yo caminando, siendo comido por la neblina, guiado por el sonido del oleaje, y llegar hasta el océano, sintiéndome como una borradura, como un hombre evaporado o en jirones, y tocar el agua tibia de esa hora del amanecer que parecía el lugar de un sueño. Y al tacto del agua, no otra cosa más (ni menos) que sentir mi propio tacto.
domingo 7 de febrero de 2010
Abajo suena, desde temprano, los pasos hacia la cocina, el baño, el patio donde la lavadora sacude la mugre de la ropa. Suena el exprimidor de naranjas y, también, mandarinas y de golpe, hasta acá arriba, el aroma de esos frutos, el amarillo solar y fresco del jugo. Es domingo y suenan pájaros dominicales, suenan camiones lejanos y solitarios allá en la carretera. Es domingo y me acabo de sentar al sol que esta semana brilló por su ausencia. Mañana debo ir a ver lo de las clases de violín, me digo, y luego me digo, deja de hacer planes y me hago caso este domingo. Hoy no hablar de eso aunque sea bueno. Hoy no atarse a la bruma de los cabos sueltos. Dejarse llevar por el cauce tibio de este día, por las lecturas y la escritura de lo que se aparece. Sentirse bien, sin acomodos con la velocidad. Arriba, acá, en el tapanco donde habitan los libros, en el ático (me gusta esta palabra) donde la guitarra descansa agradecida, donde el violín sonará, donde algunos versos relumbran como descargas eléctricas, donde lámparas, un sol huichol, un amonite encontrado en el mar del Golfo, una pequeña banca reconstruida y traída del cerro del Culiacán, una botella verde vacía que no deja su transparencia de preguntarme dónde habré quedado… donde todo esto, pues, parece estar en su lugar a pesar de mi desorden. Donde ahora, acá arriba o en la música del sótano, estoy en todas partes, este domingo en mi casa, como si estuviera, digámoslo así, como en un libro de Sam Shepard, atravesando el paraíso.
jueves 21 de enero de 2010
Un tajo que dulcemente deslumbra, un tajo que se deja recorrer a pesar de lo otro, los muchos pendientes que se agolpan en el embudo del pensamiento: la construcción de la casa, la trayectoria de la luz en los muros, los territorios de acordes en las queridas canciones de José Alfredo, la luz lunar en los rostros de los durmientes, la invasión de los gatos, la baraja de notas y cuentas, el renovado vértigo del juego de la pelota, el muro, la raqueta, el fluir de tonos y cortes en la madera, el olor del aserrín y la lluvia, el diluvio de soles ante la mirada negra cuando estamos soldando, el desapego de lo que debe quedar después de tantos planes.
Un tajo, decía, que se abrió, seguro, incontenible: garra de oso en el aire. Y yo: salmón brillando en el salto, desconociendo más allá de mi propia, creía así, también, correspondiente, certidumbre natural. Y el tajo entonces.
martes 19 de enero de 2010
Entro al metro. Poca gente. Lunes de sol tibio, como de recreo este sol allá afuera, allá arriba. Ayer, dicen, mucho mucho frío, hielo sobre los toldos en algunas partes de la ciudad. Pero hoy puro solecito sabroso. Y el metro, los vagones sin el vértigo de la muchedumbre. Camino y entro como si paseara. No me siento aunque hay lugares. Traigo música, una música de muchos kilómetros y que no se cansa. Me aligera. Pero de pronto la dejo descansar. Oigo las conversaciones, claras, de algunos pasajeros. El metro todavía no cierra sus puertas. Entran dos tres gentes más en este día algo modorro, algo desangelado. Entra un chavo con mochila y discos, nos viene ofreciendo este día la Biblia en disco, grabada con la voz del actorazo Enrique Rocha, narrada desde el génesis hasta el apocalípsis y el índice/ apenas diez pesitos/ para el regalo/ para el detalle/ para que en casita reflexione junto a la familia. Luego el sonido de un viento oscuro, la voz de terciopelo, la voz apostólica de Rocha diciendo que “La tierra no tenía ninguna forma; todo era un mar profundo cubierto de oscuridad”. Luego una pausa (se dice que dramática), luego el sonido de las puertas que se van a cerrar acá en nuestro vagón. Enrique Rocha el narrador señora señor de la bonita historia del Génesis, suelta bajo la tierra donde estamos, mientras la gente, pienso que tanto como yo, atenta: “Entonces Dios dijo:¡Que haya luz!” Y la luz entro a los rieles y nos fuimos, el metro arrancó con precisión. Y ya luego la venta y todo lo demás.
domingo 3 de enero de 2010
Estatua del día. Ningún coche, ninguna bicicleta, ningún pájaro. Las nubes como la sombra de la estatua que este día es. Fotografía del fuego que comienza. Un árbol veo, amarillo y verde. Inmóvil. Como si estuviera viéndolo desde la mirada que sueña. Vamos caminando en este caminar silencioso, bajo la estatua del día. Son, en la luz, en la quietud de la ciudad, las 9 de la mañana o las cinco de la tarde. Las referencias no se han apuntalado en los brotes imperceptibles de este puente que surge: año nuevo. Y camino para comenzar.
domingo 27 de diciembre de 2009
martes 10 de noviembre de 2009
Las cosas no me salen. (Pero de pronto estoy sentado (noche fría) en el asiento del chofer en una calle desierta. A mis espaldas pasan los sonidos de los coches, las motos, las bicicletas (el sonido delgado y metálico de la cadena pasando por la mazorca y la estrella). Me pongo, luego de mucho tiempo, a leer, ahí, con la luz débil de un arbotante. Y la lectura se disfruta en este como escondite de ciudad donde nada se mueve ni se oye. Apenas el rumor de los coches en la calle transitada a mis espaldas. Entonces ahí me oigo. Me oigo como hace muchos días que no lo hacía. Un oír sin palabras. Como el oír del caracol en la oreja. Y yo soy el caracol que descansa en esa oreja que también ha de ser mía, o fue mía, o pudo ser mía. O no un caracol (no mames, aquí no hay mar) sino una lata, un vaso desechable que también porta su vacío, su resonancia en el oír. El caso es que la sensación más cercana, la certeza que tengo fue que me oía. Las palabras de la lectura hicieron un boquete de silencio absoluto en mi cuerpo. Y ese silencio, esa materia con la que se hizo ese silencio, me cura, me aligera de las cosas que digo que no me salen.)
viernes 6 de noviembre de 2009
De golpe todo es escribible. Lo de ayer, lo del sueño de ahora, lo de todos estos días con sus historias invisibles. Hace minutos que despierto en la madrugada y me acuerdo (¿por qué me acuerdo a estas horas de esto?) de ese cuento de Cortázar donde el personaje es un muerto y habla de las nubes que se ven pasar por su tumba y también me acordé (porque ya pasó hace muchos minutos) de aquel poema chingón del ruso Brodsky donde la voz del poema es otro muerto que escucha los pasos de su viuda acercándose a donde el está sepultado.
No día de muertos sino días del muerto que a cada rato somos. No nadar de a muertito sino andar de a muertito por el mundo.
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Antier el gorrión de pecho rojo que mi esposa atrapó con un sueter y luego de meses de darle su alpiste y cambiarle el agua todos los días, estuvo cantando de manera hermosa durante gran parte del día. Nunca (esta palabra es la correcta) lo había escuchado. Estoy seguro que desde que llegó aquí nunca había cantado. Suponía que todavía no era el momento de su canto pero antier cantó, llegó su tiempo de cantar. El día fue frío, con el sol tibio, inútil ante las ráfagas heladas del aire, pero el canto del gorrión me hizo pensar en veranos templados y hermosa luz.
Por la noche que regresamos a casa, el niño M. dejó escrito sobre la jaula ya sin gorrión ni canto adentro: “EL PAJARO HA MURTO”. Como la letra “e” ausente en el mensaje, un gato, uno de los muchos gatos de los vecinos, se comió al gorrión con todo y su recién estrenado canto. Antier, no lo sabia yo hasta que leí el mensaje del niño M., nuestro gorrión fue Mozart por un día y estaba componiendo su Requiem. Supongo que seguirá el frío.
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La camelina, el florecido arbusto de flores violetas, ayer la arrancaron los albañiles porque ahí donde era su sitio irá una barda. La camelina no sabe de la tristeza que me dio. Quizá no soporte el trasplante. Ojalá y de alguna manera encuentre su lugar para que de nuevo florezca.
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A lo mejor anécdotas cursis o llámesele como quiera. Pequeñas historias invisibles en estos días de andar de a muertito en plena construcción donde los albañiles silban como gorriones en las zanjas que escarban. Gorriones que beben caguamas, cotorrean de las madrizas de su trabajo, dicen cosas tan filosas como cualquier ensayista o filósofo o poeta. Saben de la vida. Me cae que saben de la vida. Tienen, lo he visto, los pies puestos casi todo el día sobre la tierra. Mientras yo acá, floto como los puercos de Pink Floyd y me río de mi estupidez o mi estupidez me despierta a esta hora de la madrugada y me quedo mirando la noche iluminada por una luna brillantísima de noviembre hasta que, espero, me gané otra vez, de verdad lo espero, el sueño.
jueves 22 de octubre de 2009
Caminar en círculos mientras el cielo se va graduando hasta la blancura, hasta que suena en el aire el vuelo y las notas de los pájaros.
Caminar en círculos mientras nos reímos y nos vamos adelgazando en pesadillas, en huellas incómodas. Mientras sudamos y perros nos rebasan.
Una música ahora encuentro, luego de la amnesia, del recuerdo apenas dibujado con un lápiz que delínea esa luz blanca del jueves. Me acuerdo como una explosión del golpe apenas, de la sangre en la coronilla con el filo de la cajuela y de pronto un salto hasta aquí,
hasta AQUÍ. Y los días después que tuvieron que pasar para poderme cortar el cabello rodeando la herida.
Revelaciones caseras con su raíz de extrañeza. Y porque si no fuera así no las registraría.
Pienso: La muerte puede bailar. Dead can dance. Música en la que camino también mientras escribo.
Debajo de mí, sobre la calle, mi casa, los huesos de mi casa, los ruiditos de la afanosa señora que produce el dulzor del jugo de naranja, el festín del plato de sopa y las provisiones del agua.
Y en ese otro centro de luz como una luna exacta en el cénit de mi cabeza también el caldo de mis cuestiones,
la costalera de pensamientos rotos, sobrantes, que se pudieran aprovechar, pero ya ves.
Y vuelvo, siempre vuelvo ( y volver, volver/ vooooolver…) como si caminara en ese recorrido de árboles, mientras amanece junto a ella,
en círculos.
jueves 1 de octubre de 2009
Como si algo tocara mi bruma. Dejo un poco lo que hago, hacía, para marcar algo, una cosa, la huella de mis dientes en el pedacito de jabón, en la materia blanda. Patitas de gaviotas en la arena temporal. Dejo un molde. Dejo los días ahora mismo para embocarme a decir otro calor, otro ambiente. Encuentro que si no leo no encuentro ni el dispasón ni el cauce. Entonces me detengo poquito, no mucho, no creas que uno sabe todo, es un casi rascarse el codo con la misma mano, nomás que en sueños. Ojalá alguien, me digo, ojalá alguien me ayude a llegar al codo, pero sin fracturarme. Leo entonces, escribo en el tan ya ni modo. Me olvido para recomenzar, como siempre que me pasa cuando estoy mirando de nuevo lo de todos los días de nuevos.
domingo 20 de septiembre de 2009
Mi esposa a eso de la una de la mañana empezó a llorar mientras dormía. Se quejaba. La intenté despertar. Le di besos en sus cachetes (¿cómo se le dan primeros auxilios a alguien que tiene pesadillas?), le pregunté qué le pasaba; le decía su nombre como cuando uno está hablando por celular y la señal es pésima y uno dice y repite el nombre del interlocutor como si eso pudiera reconectar la comunicación. Mi esposa tiene nombre de flor. Y dije su nombre varias veces, a su oído, casi como para llenar un florero. Luego despertó. Me dijo que estaba soñando que en el patio estaba tendiendo la ropa y que cuando quitó unas prendas detrás estaba un enorme gato blanco que le dijo algo. Un enorme gato que vive detrás de nuestra casa. Le dijo algo y a mi esposa eso le dio mucho miedo que en su sueño corrió a la casa llorando. Yo estaba, a esa hora de la noche en lo que llamo mi estudio que es más bien bodega de libros y cobijas y discos y guitarras y mosquitos, escribiendo y, no importa si lo creen o no, sobre un gato. No se lo dije. Y quizá no se lo diré. Y si ella lee esto pensará que lo invento. Porque los que escribimos siempre inventamos cosas. Yo no invento cosas porque ni siquiera escribo lo que se dice en serio escribir. Nomás, y a lo mucho, describo y hago apuntes. Juego que escribo que es como no escribir. Más bien dibujo a lápiz sobre pedacitos de madera. La pesadilla pasó. Mi esposa me contó lo que le había pasado, se calmó y se volvió a dormir. Por mi parte olvidé seguir escribiendo sobre el gato. El otro gato, no el de la pesadilla. Me quedé pensando en esas extrañas conexiones que a veces nos ocurren. Pensé después en Murakami y su fijación con los gatos y en la novela donde uno de sus personajes puede comunicarse con ellos. Mi esposa no ha leído esa novela. Mi hermana sí. La leyó hace poco porque yo se la presté. Pero mi hermana no sueña con gatos que le hablan. Bueno, hasta donde yo sé, no.



